El vacío puede ser inmenso cuando viene vestido de dolor. Llega sin invitación y se siente como en casa. Es una visita no deseada de estas que no piden permiso para abrir la nevera y que eligen la programación de la tele.
El dolor de la pérdida es mi peor enemigo y al mismo tiempo el único que está a la altura de la gravedad de mis sentimientos. Nada es más honesto que esta impotencia y soledad. Es tan consistente con lo que creemos que deberíamos sentir, que es casi un alivio sentirlo.
El tiempo pasa y nos acostumbramos el uno al otro, mi dolor y yo. Pero en algún momento tendremos que elegir: permitir que se quede permanentemente, en igualdad de derechos y decisiones, ocupando todo el espacio que quiera, o transformarlo en otro elemento más de este hogar, como la pequeña planta sobre la mesa o el marco en la pared.
Pero no te voy a mentir. A lo mejor este dolor nunca desaparecerá por completo. Siempre escuchamos que el tiempo lo cura todo, y no es cierto. El tiempo no sana porque el dolor no es una enfermedad.
El tiempo no cura pero, si nos permitimos vivir de manera respetuosa este proceso, ubica el sentimiento dentro de nosotros mismos, resignificandolo y dejando espacio para que llegue el nuevo.
Mariana Vitale Psicologia / Coaching