¿Cuántas cosas dejamos de hacer por miedo a equivocarnos? ¿Cuántas personas abandonamos por miedo a ser abandonados? ¿Cuántas ideas dejamos de lado por miedo a que no sean las mejores que se nos podrían haber ocurrido?

Cuando hablamos del miedo a errar o del miedo al fracaso, hablamos del miedo a asumir las consecuencias de una decisión. Miedo de no ser capaces de soportar que la realidad muchas veces no coincide con lo imaginado.

A veces creemos que no decidir y no actuar son las soluciones para no sufrir el resultado de un mal juicio. Olvidamos que no decidir es una gran elección. Tal vez la mayor, porque no nos responsabilizamos de ella. No existe el «nulo» (la abstención) cuando el tema es la vida. El simple hecho de existir ya implica dejar rastro, optar por algo en detrimento de todo lo demás.

Es como si tras cada puerta que atravesamos se abriesen 10 más delante de nosotros. Y al escoger una de esas 10 perdemos la oportunidad de saber lo que había detrás de las otras 9. Al mismo tiempo, tras cada puerta aparecen otras 10 ¿Serán mejores? ¿Serán peores? Nunca lo sabremos.

Otra expresión que no tiene mucho sentido es el «Y si?». Especular con la posibilidad de cómo sería algo SI  se hubiera hecho diferente formará parte nuestras fantasías y ese pensamiento puede llegar a convertirse en la mejor oportunidad perdida. Pero no existe. Podemos enfocar nuestra atención en aquello en lo que nos hemos equivocado, en nuestras malas elecciones y en los daños sufridos o, por el contrario, podemos arriesgarnos y vivir con lo que tenemos. Aceptando los efectos de nuestras elecciones como los efectos naturales de una vida vivida de manera valiente y verdadera, disfrutando al máximo de los frutos positivos y aprendiendo cuando el resultado no es como nos gustaría que fuera.

Mariana Vitale psicologia / coaching

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